- Bueno, me tengo que ir.
- ¿A qué tanta prisa? Todavía falta tiempo hasta el amanecer.
- Lo sé, pero no puedo llegar tarde otra vez. Tengo que irme.
- Está bien. Perdona. Sólo quería que te quedaras un poco más.
Marisa era una mujer de costumbres. Costumbres impuestas, pero costumbres a fin de cuentas. Era muy dócil y por eso me gustaba. Podía hacer con ella cosas que no se me ocurriría intentar con Adela o con María. Cada cual tenía sus virtudes, muchas, trabajadas y fomentadas con el paso del tiempo, y también algún pequeño defecto que hay que saber manipular para transformarlo en virtud.
- ¿Cuando podré volver a verte?
- No sé. Se empieza a hablar. Quizá deberiamos dejarlo un tiempo.
- No sé. Tú verás.
Siempre decía lo mismo, y al final volvía. Siempre volvía.
Ya estaba casi vestida. Se peinaba un poco el pelo corto y se colgaba la cruz de madera que siempre llevaba. Vestida con el hábito intimidaba.
- Corre, no llegues tarde a maitines.
- Si, me voy. Dame un beso.